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Una breve narrativa del mayor honor: “Cuidar de quien me cuidó”
Roberto Veloz Navas
Este ser humano nació hace un poco más de 50 años, suelo decir que yo fui quien escogió a mi madre y mi madre fue quien escogió a mi padre, aunque este último yo decidiría esté ausente, pero es otra historia.
Lo que considero relevante es hacerles conocer que mi madre a quien con amor, respeto y ternura le decía “Puchita” tuvo una vida de lucha siempre, quedó huérfana de madre cuando ella entraba recién a la adolescencia y junto a sus cinco hermanos, dos de ellos no llegaban, uno ni a los dos años y el otro tenía pocos meses de nacido. Fue la única mujer, la segunda mayor y esto lo subrayo porque desde ahí todo cambiaría y asumiría roles de cuidado y protección para con los suyos, le reconocieron como “la pequeña madrecita” en una obra de un escritor en Ambato. Solo cuando sus hermanos concretaron sus planes de vida profesionales, decidió retomar su proyecto de vida y, es cuando llegué a su vida, prácticamente como un milagro, porque me tuvo a sus más de 47 años, por ello a la par suelo decir que soy “Güitig” emulando la frase de dicha agua mineral “milagro de la naturaleza”.
Esta necesaria introducción es importante para que se pueda valorar el amor y el entorno en el que crecí con una madre excepcional e incondicional y quien nunca escatimó absolutamente nada por darle todo a su hijo sobre todo amor, valores y principios, pero además un entorno lleno de protección y, esto sería lo que yo debería garantizarle cuando los años le hacían poco a poco más vulnerable.
Por circunstancias de la vida y siendo sincero producto de mis errores y complejos me había divorciado y decidí retornar al hogar materno, mi Puchita era una persona adulta mayor y obviamente ya era jubilada; solo tenía a mi madre y ella solo a este ser humano, su hijo único, por ello y más éramos y fuimos los dos hasta el último día.
Cuando mi formación de abogado y caminar en defensa de los DDHH me había ubicado en entidades públicas del sistema de protección de derechos y concretamente cuando me desempeñaba como defensor del Pueblo de Pichincha veía a mi madre con una mayor vulnerabilidad, bordeaba los “80 y piquito”, sería la primera vez que veía limitada su autonomía e independencia y poco a poco necesitaba de mayores cuidados y apoyos, a pesar de que toda su vida fue una persona “sanita” como ella misma se definía y así era efectivamente, además que fue una profesional de la salud y por lo tanto sabía cómo cuidarse, pero ahora requería que yo la cuide, pero, llegaría un día en que los médicos geriátricos y gerontólogos le diagnosticaron trastorno cognitivo en últimas etapas, es decir una persona con demencia y además Alzheimer; era inexplicable, recuerdo me decían, toda vez que antes no habían sido patologías que hayan sobrevenido. Yo creo que se detectaron cuando sufrió una caída en la sala de nuestro hogar de dos y tuvo que ser intervenida quirúrgicamente en su fémur y a raíz de todo ello poco a poco se fue notando que requería apoyo y cuidados ya de forma cercana y permanente.
Estuve al frente todo el tiempo desde que retorné al hogar, pero llegó el día en el que decidí que debía dejar todo por garantizar su derecho a cuidado y vida digna, me interpelé y me pregunté ¿cómo iba a dejarle a quien nunca me dejó? porque tuve mis épocas de adolescente y joven que las denomino de libertinaje desmedido producto de
complejos ante un accidente donde perdí parte de tres dedos de mi mano derecha y de haber callado maltrato institucional de niño por lo anterior; e igual, ¿cómo un defensor de derechos humanos no inicia por defender los del amor de su vida? Por ello traje como casi patentadas dos frases que las llevaríamos los dositos “los derechos inician en casa” y “juntitos hasta el último día” como ven tenía la certeza de que al ser su hijo único y sobre todo ante el amor que toda su vida me dio, era mi oportunidad de dejar todo por ella y, lo haría, renunciaría al servicio público tras 15 años de permanecer en este, desistiría de esa zona de confort, la “tranquilidad” de tener una remuneración mensual con la que no nos faltaba nada y cubría cuanto se necesitaba en nuestro hogar.
Yo siempre fui una persona de carácter fuerte, impaciente y de un momento vi que tenía que rectificar, modificar y cambiar todo ello y claro tenía la mayor motivación: mi madre. Verla cada día más endeble y que necesitaba de cuidado 24/7 devino en que todo se tenga que recomponer en mi proyecto de vida, buscar una ayuda de medio tiempo que era lo que me permitían las finanzas para yo también poder trabajar algo en libre ejercicio y las tardes noches y madrugadas era yo al 101 % junto a mi madre.
Mi madre no exteriorizaba aún todas las conductas, solía en la medianoche levantarse y tomar agüita en una de esas, yo aún dormía al lado en mi cuarto escuché que se cayó, y fue uno de los momentos más devastadores, solo inigualable cuando partió, porque al llegar vi un charco de sangre y ahí fue donde estuvo 15 días inconciencia. Yo pedí mucho al universo de que me deje cuidarla un tiempo más y así fue. Cada vez que esto ocurría era lacerante me sentía que no la cuidaba bien, pero poco a poco fui viendo que el diagnóstico evidentemente que tenía iba generando estas acciones y conductas que no entendía y que fueron muy difíciles de asimilar, lo que narro durante muchos años fue complejo, pero siempre venció el amor por ella y todo lo que iba a ir escuchando y viviendo, sabía que no era ella, era producto de su diagnóstico y, enfermedad.
Aquella caída sería la que marcaría la decisión de que me traslade ya definitivamente a dormir a su lado como lo hice en los últimos seis años. Mis finanzas, producto de que ya no tenía una remuneración fija, eran complejas, no nos faltaba comida, nunca faltó su medicación, sin embargo la prioridad era ella, por ello no estaba en condiciones de adquirir un colchoncito para dormir en la alfombra a su lado, así es que decidí poner mis edredones y trasladé a ese lugar mi cama, le decía mi “penthouse” que era la alfombra encima edredones, almohadas y unas cobijas y así dormí los últimos años siempre a su lado, pendiente cada minuto y cubrir cuanta necesidad tenga sea biológica, física, etc.
Poco a poco se iba agravando, había perdido la visión en una de sus caídas que también fue producto de un accidente en su profesión que estalló un tanque de oxígeno en la casa de salud donde servía y le habían asegurado que las consecuencias sería que iría perdiendo la vista, sin embargo muchísimos años después y tras esa caída sería cuando la pierda.
Tuve que desaprender mucho y aprender a cambiarla, bañarla, cubrir todo lo que necesitaba para su salubridad, pero el amor fue más.
En un cierre de año le devinieron conductas, no me reconocía, pensó que le volvió la vista, veía y hablaba como si estuviese en otro lugar o lugares y junto a personas cuando estaba en el dormitorio, fue un temor único que tuve. Ya con sus diagnósticos confirmados, la medicación recetada buscó darle vida digna hasta el último de sus días, era quetiapina, que le daba en las dosis prescritas luego de cada comida. Esta permitía, que si bien pasaba mucho tiempo somnolienta, se ubicaba, alimentaba y yo le cuidaba y amaba.
Poco a poco, las ocasiones en que la medicación no le hacía efecto se iban repitiendo con mayor frecuencia y pasábamos dos y tres días en que ella por el diagnóstico y las patologías hablaba 24 horas sin parar, no me reconocía, hablaba como si yo lo hubiera dejado en la calle; es más, veía personas y familiares, fueron momentos complejos, muy duros, pero ahí estábamos madre hijo, esa madre que nunca me dejó y ahora este hijo que en algo podía retribuir ese amor, no niego muchas noches luego de acostarla y verificar que estaba ya la medicación volviendo a hacer efecto, iba a mi cuarto para que no me escuche y lloraba.
En otra ocasión se quería levantar, se imaginarán con su enfermedad y sin vista era muy serio y peligroso pero logré detenerla antes que se caiga de la cama, pero esa parte de mis dedos que me faltaban hizo que utilizara más fuerza de la necesaria para sostenerla y terminé golpeado y lesionado la mano, es más hasta hace poco no tenía movilidad plena, pero logré sostenerla y que nada pase.
Cuando volvía a su estado medicado óptimo con mucho cuidado le comentaba una parte de lo que me decía y ella obviamente razonaba y me decía que no es ella, es su enfermedad, lo hacía con tanto amor, que renovaba mi entrega, amor y paciencia en su cuidado. Me pedía que no le envíe a una casa de cuidados especializado, que quería quedarse hasta el último día en su hogar, yo más allá de ser abogado y de que muchas veces me recomendaron que entable demandas para declararla en interdicción o hacer un poder por lo menos, jamás lo hice, porque busqué y así lo hice, que hasta el último momento se respete su autonomía de voluntad, para mi ello era dignidad, ella sabía que siempre me tendría a su lado.
Si algo puedo decir es que cumplir mi rol como cuidador fue doblemente difícil al ser hijo único, hubo ocasiones en que me dolía lo que decía o no me reconocía, no sabía cómo actuar, pero estuve hasta el último día junto a ella, durmiendo en ese mismo “penthouse” a su lado irrenunciablemente, viendo cada vez más cómo se iba como apagando y despidiendo, llegué incluso a tener el síndrome del cuidador quemado, eso lo notaron la geriatra y el gerontólogo, porque evidentemente al llevar todo solo me pasaba factura, no solo era la dignidad y derecho a cuidado de mi madre, si no de la casa, los pagos de todo lo que se generaba y ya no podía trabajar mayor tiempo porque evidentemente requería más cuidado y presencia.
Mi madre solo se tranquilizaba conmigo así es que no voy a ocultar de que hay que tener un amor y paciencia muy cimentado, pero a la par también es lo único que a mí, actualmente cuando ya no la tengo terrenalmente me sostiene, porque estuve a su lado de forma, no incondicional como ella fue conmigo, pero sí, de forma permanente, lo que un momento en mi proyecto de vida decidí al dejar todo, me permitió honrarla en ese pacto sublime entre una madre y su hijo único, juntitos hasta el último día, ella partiría un 17 de febrero de 2026, fue la primera vez que me quedé dormido cuando estaba malita y, sufriría un infarto agudo de miocardio, me desperté en la madrugada y había trascendido, así lo quiso el universo.
Finalmente, quiero dedicar unos párrafos de profundo agradecimiento a cada una y cada uno de quienes conforman la Fundación TASE; había visto por televisión nacional los reportajes de la caminata que se organizaba y, esta vez, en medio de mi proceso y tránsito por una verdadera orfandad adulta, quise en memoria del amor de mi vida, buscar información sobre esta e iniciaba a hablarme internamente que me gustaría hacerlo y lo llegaría a hacer, caminaría junto a ustedes.
No fue solo una experiencia nunca antes sentida, fue una vivencia de caminata por la memoria, de amor y en medio del tránsito y proceso de duelo; a pesar de que las lágrimas se me salían y me venían imágenes, lo más simbólico fue en memoria y dedicado a mi Puchita.
Fue hermoso, ver y respetar a cada ser humano, familias, autoridades, directivos, niñas, niños, que caminaron.
Saben, vencí temores, excusas, miedos; estuve junto a ustedes, fui solito, como me quedé, dedicando al cielo a Mamita y sumándome y caminando por generar conciencia sobre el Alzheimer, promover la prevención y unir a la comunidad alrededor de la salud cerebral. Gracias Fundación TASE con el corazón y, en memoria de mi madre María Clemencia Navas Benalcázar (1926-2026)
¡Que el Alzheimer no nos detenga!
Gracias Fundación TASE por su labor, por su misión, por su empatía y cercanía.







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